‘…nosotras nacimos en Miami, pero somos cubanas¬Ľ. En los gestos estaba el aire de Cuba; hablaban un poco de ingl√©s y un poco de espa√Īol, pero no les fue dif√≠cil volver a la ra√≠z de sus padres. Venciendo el enigma de la comunicaci√≥n, me transmit¬≠√≠an se√Īas de identidad cubana: el acento, la sonrisa, el movimiento del cuerpo y, en particular, de las manos.

He hallado amigos al servicio de Cuba en China, Madrid, Quito y otras capitales intramontanas, y no pude explicarme la razón de cierta neurastenia; hoy comprendo que les faltaba el mar. Vamos sobre una nave, sobre una barca de vela, y no nos damos cuenta. Cuando la gente sale temprano al Malecón, descansa a la orilla del mar o tiene el privilegio de llegar a la Punta de Maisí, están a proa o popa, a babor o estribor de la nave. Por cierto, en la parte más oriental habitaba un farero gallego de boina y grandes bigotes con su familia criolla. Allí me deslumbró el culto al mar, de cara al Paso de los Vientos, recogiendo de cuando en cuando, entre las piedras de la playa, las estatuillas que los haitianos lanzan el mar luego de implorar, en medio de las olas, a los espíritus que propician la aper­tura de los caminos que habrían de llevarlos a la tierra prometida.

Los isle√Īos (t√©rmino que nunca usamos para definirnos) vivi¬≠mos pendientes del horizonte azul. Los cubanos jam√°s hemos pe¬≠leado con nuestros vecinos por un pedazo de tierra, no se ha de¬≠rramado sangre ajena por tales cuestiones. Nuestra √ļnica frontera terrestre se extiende en torno y en parte de la bah√≠a de Guant√°namo, ocupada hoy por la base naval estadounidense, pero irremisi¬≠blemente cubana.

En los or√≠genes de la colonizaci√≥n espa√Īola y a√ļn en el alto siglo XVIII, La Habana ejerci√≥ su influencia sobre las ciudades y pueblos de las costas continentales, al norte y al sur. Las comuni¬≠dades habaneras participaron en la fundaci√≥n de Pensacola, habi¬≠taron en Mobile, eran conocidas en la Louisiana, en los asentamientos de la cuenca del Mississippi. Descendiendo al Vi¬≠rreinato de Nueva Espa√Īa, los criollos de La Habana acompa√Īaron a fray Jun√≠pero Serra en las misiones californianas; cubanos de prestigio y nombre hubo en Campeche, M√©rida o Veracruz. La guerra de independencia iniciadas en 1868 y con ep√≠logo fatal una d√©cada despu√©s, dispers√≥ a nuestros libertadores, siempre con la esperanza del regreso, a Honduras, Guatemala, Costa Rica y el istmo de Panam√°, donde a√ļn hoy, m√°s de cien a√Īos despu√©s de la partida de nuestros compa√Īeros, se les recuerda. Incluso no pocas familias llevan con orgullo la ascendencia y los apellidos cubanos.

Fue precisamente la colosal obra de abrir el paso del Pacífico al Atlántico, la que convocó a decenas de cubanos en lo que entonces era parte de Colombia. Andando por las calles del viejo Panamá, al pie de las bóvedas de las murallas, he tenido la oportunidad de rendir tributo al doctor Carlos J. Finlay, el sabio benefactor cuyo descubri­miento del agente transmisor de la fiebre amarilla facilitó, o hizo po­sible en gran medida, que el canal interoceánico fuese realidad.

Cuba isla, en verdad archipi√©lago circundado de una invisible corona de coral, no ha sido remisa a que en ella ocurriera la singu¬≠lar fusi√≥n de las culturas de la vasta Espa√Īa y del √Āfrica diversa, salpicada por la contribuci√≥n carnal y po√©tica de otros pueblos tan distantes como China. He cre√≠do siempre que los pueblos se here¬≠dan no por la sangre, sino por la cultura. Aquella llama, pero la otra determina. Esto no desmiente la lecci√≥n de la Historia Sagra¬≠da, que nos dice c√≥mo el clamor de la sangre hizo levantar a Moi¬≠s√©s la piedra con la cual hiri√≥ al capataz egipcio que azotaba a un hermano de infortunio. Cuentan que sinti√≥ el fuego abrasador del agravio convirti√©ndolo a √©l (a Mois√©s) en un fugitivo que, sin em¬≠bargo, hab√≠a recuperado su propia identidad. Siguiendo esta intui¬≠ci√≥n es que podemos acercarnos al concepto de patria, que se afir¬≠m√≥ desde los d√≠as en que alguien nos mec√≠a en la cuna con mil peque√Īas se√Īales en el decir, y en todo aquello que conforma la cultura patente en la m√ļsica, en el paisaje.

Luego, en la escuela, se nos explic√≥ c√≥mo es nuestro pa√≠s y as√≠ se repite la mayor la relaci√≥n materno-filial. Es lo que hemos visto de nosotros: las manos y los ojos de la madre, en la cual leemos por fe. Un amigo tuve, muy querido por cierto, que debi√≥ revelar a su hija el haberla encontrado una tarde de domingo envuelta en un l√≠o de trapos, a las puertas de un templo casi desierto. Despu√©s que la adopt√≥ como propia tuvo que decirle por amor a la verdad: ¬ęT√ļ no eres nuestra hija, accidentalmente nosotros te recogimos¬Ľ. Sin embargo, ella hizo valer aquel mandato de extra√Īa y antigua sabidur√≠a: ¬ęParir√°s los hijos en el dolor¬Ľ. No ya en el dolor f√≠sico del parto, tremendo, m√°s breve y pasajero si se quiere, sino en dolor inmenso que supone la forja de car√°cter, la crianza y la educaci√≥n. Dar a luz la vida entra√Īa el compromiso de un legado espiritual. La muchacha aludida, entonces una adolescente, reac¬≠cion√≥ diciendo: ¬ęEst√° bien, otra pudo ser mi madre, otro el que me engendr√≥, pero ustedes son mis verdaderos padres¬Ľ.

A lo largo de los d√≠as en que ha venido celebr√°ndose esta reuni√≥n, se han puesto de manifiesto los da√Īos que, como heridas, suponen para todos los aqu√≠ presentes los resultados de la distan¬≠cia y de una larga separaci√≥n. Algunos lo ocultan por pudor, otros por soberbia, mas todos fuimos heridos en su momento oportuno y en medio del gran suceso revolucionario de la isla, que dispers√≥ a unos en tal direcci√≥n y a otros en otra. En nosotros, los de ac√°, exalt√≥ la lealtad a nuestra opci√≥n; a otros los llev√≥ a combatir o a vivir bajo diferentes designios.

Ayer se nos presentaba un hecho simp√°tico, si lo vemos como an√©cdota. Las autoridades norteamericanas se han cre√≠do en el deber de excluir a tres cotorras que un grupo de inmigrantes ha¬≠b√≠a llevado consigo en los azares de las balsas. Ellos, los norteamericanos, estaban muy preocupados, en exceso, por este deta¬≠lle. Y concorde al esp√≠ritu de los nuevos tratados migratorios en¬≠tre Cuba y los Estados Unidos, aunque no aparece explicitado, consideraron que las aves deb√≠an regresar a la isla. Es probable que la raz√≥n est√© en que los animalitos podr√≠an ser portadores de ciertas endemias tropicales. La realidad es que esta parlanchina y atrevida criatura tiene un radio de vuelo limitado, y por s√≠ misma no puede vivir la aventura de la migraci√≥n que mir√≠ada de p√°jaros protagonizan cada a√Īo entre la Florida y Cuba.

Hace d√≠as visit√© a un vendedor de p√°jaros. All√≠ hab√≠a verderones, gorriones trigueros, mariposas con todos los colores de la paleta, azulejos‚Ķ Me llamaron la atenci√≥n unos pajarillos verdes y me explic√≥ el pajarero que as√≠ vienen ellos. ¬ę¬ŅC√≥mo que vienen?¬Ľ, le pregunt√©. Y me respondi√≥: ¬ęNo son de aqu√≠; vienen a invernar en Cuba. Algunos se quedan m√°s tiempo y son capturados, como es el caso, y solo en la primavera mudan el plumaje, que llega a ser tornasolado con toques rojos, azul y violeta¬Ľ.

¬°No eran de Cuba! Vienen ac√° desde los Estados Unidos. Y cu√°n¬≠tas veces en La Habana, contemplando la alta torre de la iglesia de San Francisco, o el gran edificio Balaguer, frente al Museo Nacio¬≠nal, o el palacio del Conde de San Juan de Jaruco, junto a la Plaza Vieja, nos ha sido dado ver el espect√°culo de la llegada de las golon¬≠drinas que arriban desde las tierras gallegas o portuguesas, y que gracias a su capacidad de orientaci√≥n intuitiva se aventuran allende el mar y pueden cumplir el secreto designio de su viaje. Los nave¬≠gantes miran c√≥mo reposan en el mar quieto, cubiertas de ese aceite protector, aliment√°ndose durante la traves√≠a de pececillos y, ya m√°s cerca de la costa, de las peque√Īas criaturas que flotan sobre el man¬≠to verde de los sargazos, el mismo que sorprendi√≥ a Crist√≥bal Co¬≠l√≥n. Son miles y miles de aves que, de pronto, reinician su vuelo para llegar determinado d√≠a, creo que los primeros de abril. Y las vemos en hileras revoloteantes cerca de El Morro cuando arriban a √©sta, su tierra de promisi√≥n, y anidan en los techos de las casas.

Como a ellas, las golondrinas, un secreto instinto nos re√ļne; y hay en el fondo de nuestros corazones un soplo de aliento. Somos gentes singulares, y a pesar de que muchos creen lo contrario, tenemos culto muy especial para con nuestras costumbres de fa¬≠milia. En ocasi√≥n de mi primer viaje a los Estados Unidos, tras des¬≠pedir a mis amigos en el aeropuerto de Miami, ya a punto de abor¬≠dar, vino a sentarse junto a m√≠ una se√Īora gruesa, cubana, que hasta ese momento se hab√≠a comportado muy finamente, pero que hab√≠a protagonizado una gran trifulca con la muchacha del mostrador de pasajes a causa del peso de su equipaje. Se dijeron palabras muy cubanas y, finalmente, la se√Īora abri√≥ la maleta y empez√≥ a colo¬≠carse dentro de la ropa lo m√°s diverso. De pronto me percato que comienza a derram√°rsele algo en el vestido, y ella exclama: ¬ę!Ay!, el champ√ļ¬Ľ. Y seguidamente me dice: ¬ęTodo esto se lo debo a esa cabrona de all√° fuera, que me ha obligado a meterme todo aqu√≠ entro. Usted no sabe lo que ha costado esto, y mire, aqu√≠ llevo el caf√©, pero lo peor de todo es que all√° en Cuba no saben el sacrificio tengo que hacer para comprarles y llevarles todo esto¬Ľ. A su manera, ella sufr√≠a por un concepto de solidaridad.

Estamos ante una gran verdad: cuanto hay que hacer, lo que hasta ahora hemos realizado, lo que todos ustedes han hecho en los diferentes campos del saber, es fruto de s√≠ntesis de la solidaridad universal, a la vez que creaci√≥n personal√≠sima, como resulta¬≠do de nuestro contacto con el mundo, con nuestras propias fami¬≠lias, con su historia. Pero la ra√≠z, el punto de partida de los senti¬≠mientos que podr√≠amos llamar cubanos, por sobre etnia y ubicuidad, son de car√°cter cultural. Quienes han asumido ese le¬≠gado en su plenitud poseen un signo, aquel que prefigur√≥ Mart√≠ en la bella imagen de la estrella que lleva en su frente todo el que sirvi√≥ a la patria. Quien la ha servido con abnegaci√≥n y desinter√©s, es sagrado. Somos m√°s que africanos, m√°s que espa√Īoles, m√°s que ind√≠genas, bebiendo en las fuentes cristalinas de nuestra civilidad grecolatina-judeocristiana.

Me contaba la impar poetisa Flor Loynaz, fascinante amiga que vagaba por el cementerio chino y sobre uno de los t√ļmulos alguien le explic√≥ el sentido de un epitafio que es la clave de la vida: ¬ęSi el cielo de China es tan azul como el de Cuba, y si las frutas de China son tan dulces como las de Cuba, qu√© importa morir entonces en China o en Cuba¬Ľ. No hace tantos a√Īos, en medio de una obra de restauraci√≥n en la calle de Mercaderes, en¬≠contr√© unas tejas con caracteres chinos. Unas tejas suelen estar marcadas por los dedos del alfarero y otras por alg√ļn sello o pun¬≠z√≥n del gremio o tejar, pero en el caso excepcional que nos ocupa hall√°banse virtualmente cubiertas por la inscripci√≥n. En pos de descifrar el enigma, acud√≠ a los chinitos cantoneses del restauran¬≠te La Torre de Marfil, quienes despu√©s de largo concilio me hicie¬≠ron conocer el secreto del mensaje: ¬ęLa mano ejecuta lo que el coraz√≥n manda¬Ľ. Esa es nuestra clave, que est√° a mitad del cami¬≠no entre la l√°pida del cementerio y la teja.

Acaba de ver la luz la edici√≥n cubana (La Habana: Uni√≥n, 1995) del bell√≠simo ensayo de Cintio Vitier titulado Ese sol del mundo moral. Como creo en la magia de que todo ocurre cuando convie¬≠ne, √©ste y no otro ha sido el momento ideal para que la obra, publi¬≠cada hace casi veinte a√Īos en M√©xico por la editorial Siglo XXI, llegue a manos de los lectores cubanos. El tema es atemporal, no ha sufrido mella ni desgaste en la larga batalla pol√≠tica y moral de estos a√Īos; aparece ahora como una revelaci√≥n para los cubanos que ans√≠an hallar una explicaci√≥n √©tica a este tiempo tan intensa¬≠mente vivido. El libro es el hilo de Ariadna y el manantial del cual debemos beber para hallar la interpretaci√≥n m√°s acertada a mu¬≠chos de los fen√≥menos de los que somos testigos y actores.

A prop√≥sito, hace unos d√≠as tuvo lugar en La Habana una importante ceremonia: la entrega, por parte de una alta delegaci√≥n militar espa√Īola, de la silla de montar que a lo largo de un siglo ha sido tenida como la del Lugarteniente General Antonio Maceo, ca√≠do en San Pedro de Punta Brava el 7 de diciembre de 1896, en uno de los m√°s dolorosos episodios de la Guerra de Independencia. El acto fue presidido por el Comandante en Jefe Fidel Castro, tuvo alto valor simb√≥lico por celebrarse en la misma sala del antiguo Palacio de los Capitanes Generales donde acaecieron in¬≠contables sucesos de inter√©s para la forja de nuestra nacionalidad. Fue la misma sala en que, seg√ļn la tradici√≥n, el general Albear y Lara solicit√≥ al Gobernador, el marqu√©s de La Habana, indulto para Narciso L√≥pez, aquel heterodoxo que trajo la bandera de la estrella solitaria a las costas de Cuba, el mismo que al uncirse su cuello a la soga del verdugo pronunci√≥ estas palabras: ¬ęMi muerte no cambia¬≠r√° los destinos de Cuba¬Ľ. Y fue verdad. Ni su vida ni su muerte pudieron cambiarlos; y tales destinos estaban m√°s all√° de los objeti¬≠vos pol√≠ticos del propio general L√≥pez, hombre de su tiempo.

En aquella sala, lujosamente decorada, donde se movieron en sucesivas escenas los actores de nuestra breve e interesante histo­ria nacional, cuántas cosas imaginé. Creí ver en los que me rodea­ban los rostros de las grandes figuras de nuestro pasado: Saco y Varela, Luz y Espada.

Todo eso pensaba cuando los generales espa√Īoles, vestidos de uniforme, ocuparon el espacio de sus predecesores que, el primero de enero de 1899, hab√≠an cedido la isla de Cuba a favor de los Estados Unidos, como resultado de una guerra perdida. En ese momento, cuando el valor del s√≠mbolo supera lo real, lo probable y palpable, la guerra acababa; y como dijera el General√≠simo M√°ximo G√≥mez: po¬≠d√≠an abrazarse ¬ęlos encarnizados combatientes de la v√≠spera¬Ľ.

Entonces sent√≠ que la naci√≥n no es un legado in√ļtil de los pa¬≠dres ni una fantas√≠a ni un artificio de nuestra imaginaci√≥n.

Miguel Barnet me revel√≥ que, en uno de sus viajes a los Estados Unidos, mientras paseaba por una de las calles del Bronx, observ√≥ un ins√≥lito cartel: ¬ęYemay√° House¬Ľ. Quien ve no es quien tenga ojos para ver, sino aquel que quiere ver.

Nuestra patria es una acumulación de sentimientos, de realida­des constatables, de poesía invisible; es la naturaleza y la obra del hombre. Estamos finalizando el siglo y el milenio; es evidente y se impone analizar y valorar cuanto hemos hecho. Sometamos a críti­ca nuestra obra y los valores que emanan de ella. No percibo una crisis de esos valores. Es el momento en que está ante todos casi la totalidad del proceso revolucionario. Su gran adversario, el gobier­no de los Estados Unidos, medita su próxima jugada ante el tablero.

En la calle est√° ya, y decir otra cosa es mentir y no ver los signos de los tiempos, la generaci√≥n que habr√° de someter a juicio la obra realizada por nosotros. Por tanto, casi todo est√° hecho y escrito; apenas hay tiempo para colectar los frutos de las ramas del √°rbol de la vida, verdes a√ļn, dulces o amargos. Nuestra vida individual no es tan importante como lo que somos y significamos socialmente. Nos reunimos hoy para afirmar que, en medio de los avatares de la sociedad contempor√°nea y ante el mundo de la postmodernidad que nos ha tocado vivir, no tememos al futuro.

Estoy seguro de que esta década no concluirá sin que nuestros derechos nacionales sean reconocidos, que esta década no termi­nará sin que los cubanos mejores, estén donde estén, en cualquier latitud del mundo, se unan como lo hacemos hoy en este idílico jardín y, olvidada toda circunstancia que pudo una vez dispersar­nos, ofrezcamos la mejilla para un beso.

Habr√° valido la pena vivir para ver tal d√≠a, porque la Revolu¬≠ci√≥n Cubana, en la que cre√≠mos y por la que hemos luchado, la de C√©spedes y Mart√≠, y la de Fidel, no se hizo en nombre del odio: se convoc√≥ en nombre del amor.’

todo este texto es tomado literalmente de la publicacion esta:

El concepto de patria

Leal Spengler, E. (2004): ‚ÄúEl concepto de patria‚ÄĚ, en La luz sobre el espejo. Ediciones Bolo√Īa: La Habana, pp. 111-120.