Existe una posición en el ajedrez conocida como Zugzwang en la que un jugador, sin importar qué movimiento haga, está condenado a empeorar su destino en la movida siguiente. Eso aparentaba ser Operación Masacre, y otras obras de Walsh, para los asesinos. Su investigación sobre los fusilados en junio del 56, ¿Quién mató a Rosendo? (1969) y Caso Satanowsky (1973) parecían exigir justicia sin posible escape. A pesar de todo, el poder tiró el tablero y fingió demencia. Las luchas por la rectificación y la justicia fracasaron. El plato de sémola siguió llegando por las noches. “Los muertos, bien muertos; y los asesinos, probados, pero sueltos”, escribe Walsh.

Lo que puso el punto final al violento oficio de Rodolfo Walsh fue su Carta abierta de un escritor a la Junta Militar, una grave denuncia de los crímenes de estado firmada con su nombre y código de identificación. Esta carta se envió a un sinnúmero de diarios locales y corresponsales de diarios extranjeros un día antes de su desaparición. Los oficiales que irrumpieron en su domicilio en San Vicente, el 25 de marzo de 1977 también intentaron desaparecer sus bocetos, archivos, bitácoras y diarios. Pero Walsh enseñó a sus lectores a buscar las causas perdidas, a revisar las pruebas, considerar la trama de lo imposible y señalar los vacíos; por eso, a lo largo de más de cuarenta años desde su asesinato, seguimos pensando, buscando y dudando de lo razonable para atender su literatura, que es de acuerdo con él, lo mismo que la vida. Su desaparición, la pérdida de sus papeles personales y sus obras mantenidas, condensan una máxima de su trabajo: lo más importante de encontrar en una historia es lo que no se dice. https://gatopardo.com/arte-y-cultura/rodolfo-walsh-escritor-y-defensor-de-las-causas-perdidas/