Todas las semanas, invitaba a una puta o una vedette a las oficinas del suplemento, la hacía bailar en tanga sobre la mesa principal de la redacción, la entrevistaba y le hacía fotos relamiéndose y le daba dos páginas ese domingo. Naturalmente, las putas lo amaban y no le cobraban.

El mejor amigo de Federico Salcedo era tambi√©n un escritor a hurtadillas; amante de las mujeres, pero no de las putas; sibarita y vividor, sin llegar a ser alcoh√≥lico; conspirador de la secta liberal de los genios , pero infrecuente visitante del peri√≥dico, pues le daba pereza meterse en el caos del centro de la ciudad. Se llamaba Mario Gambini y escrib√≠a como los dioses y sus colegas genios pensaban que alg√ļn d√≠a escribir√≠a la gran novela en lengua espa√Īola de su generaci√≥n. Profesor de lengua, lector devoto de Borges y Bioy Casares, seductor de las mujeres m√°s lindas, Gambini dirig√≠a desde su casa las p√°ginas culturales del peri√≥dico, al tiempo que escrib√≠a poemas, relatos, novelas que nadie pod√≠a leer, ni siquiera su hermano Ricardo, m√ļsico consagrado, ni Federico Salcedo, su mejor amigo desde ni√Īos, desde el colegio alem√°n. Todos en la cofrad√≠a de los genios quer√≠an leer sus cuentos y su poes√≠a, pero √©l era tan refinado o pudoroso que escond√≠a esos escritos y dec√≠a que solo se publicar√≠an despu√©s de su muerte. Por eso los genios lo admiraban todav√≠a m√°s, pues Gambini cultivaba la humildad y era renuente a toda forma de exhibicionismo.

Los principales editorialistas del peri√≥dico, Enrique Garz√≥n y Carlos Espada, trabajaban en escritorios uno al lado del otro , separados por dos metros, pero eran enemigos y no se hablaban. Ambos escrib√≠an unos editoriales furibundos que reflejaban la opini√≥n del diario. No los firmaban. Eran textos incendiarios contra el Estado, las empresas p√ļblicas, el d√©ficit fiscal, la burocracia, los charlatanes de izquierda. Eran virulentas proclamas libertarias a favor de la privatizaci√≥n de las empresas p√ļblicas, de todas las empresas p√ļblicas, y tambi√©n de las universidades y las c√°rceles, de las carreteras y los hospitales, de las playas y el mar. Garz√≥n era de corta estatura, tend√≠a a ser gordo y ten√≠a la cabeza muy grande. Era astuto, inteligent√≠simo, chismoso e intrigante. A tan temprana edad, hab√≠a le√≠do a Adam Smith, a Mises y Hayek, a Popper y Friedman. Por su parte, Espada, hijo de espa√Īoles, alto y envanecido, enjuto y presuntuoso, viv√≠a en un castillo, quer√≠a ser diplom√°tico y escritor y pose√≠a un humor √°cido, corrosivo. Mientras Garz√≥n le√≠a en su biblioteca a los sabios liberales, Espada visitaba los cines del centro para ver pel√≠culas pornogr√°ficas. No se hablaban, no se saludaban, se odiaban, a pesar de que escrib√≠an uno al lado del otro y coincid√≠an en todo, o casi todo, cuando pontificaban sobre pol√≠tica y econom√≠a. Se detestaban porque compet√≠an. Garz√≥n quer√≠a que despidieran a Espada para ser el √ļnico editorialista sabiondo del diario. Espada quer√≠a que echaran a Garz√≥n por la misma raz√≥n . Se odiaban porque la competencia, lejos de hermanarlos, los enfrentaba, los convert√≠a en rivales insidiosos. Hab√≠a que verlos tecleando sus viejas m√°quinas de escribir como si fuese el fin de los tiempos y ellos tuviesen la pesada responsabilidad de anunciarlo. 

El genio a cargo de la p√°gina econ√≥mica se llamaba Iv√°n Alfonso. De todos los genios, parec√≠a el m√°s deslumbrante y pod√≠a ser el m√°s afable. A diferencia de sus colegas, viajaba con frecuencia, hablaba varias lenguas, era cosmopolita, so√Īaba con hacer una maestr√≠a y un doctorado en el extranjero. Pero, como a los dem√°s c√≥frades, el mundo del poder le resultaba fascinante, irresistible, y por eso quer√≠a capitanear la gran revoluci√≥n liberal. Le√≠a en ingl√©s, amaba a las mujeres, sobre todo a las azafatas, era sagaz invirtiendo en la Bolsa y sab√≠a m√°s de econom√≠a y finanzas que el ministro de turno.

Finalmente, completaban la congregaci√≥n de los genios el jefe de la p√°gina h√≠pica , Freddy Chiriboga, y el jefe de sociales, Pablo Canterano. El primero, Chiriboga, era p√≠caro, marrullero, espabilado. Sus grandes pasiones eran las carreras de caballos y las apuestas h√≠picas. Ten√≠a informantes o soplones que le cantaban qui√©n ganar√≠a qu√© carrera m√°s o menos ama√Īada. Gracias a ellos, sol√≠a ganar fortunas en el hip√≥dromo. Saliendo de las carreras, siempre con amigos, gastaba esas fortunas en licores y damas de alterne o compa√Ī√≠a. Era lud√≥pata, dips√≥mano y libidinoso, y no ten√≠a el menor deseo de corregir dichos vicios. Se jactaba de hacer gemir a gritos a sus amantes y terminar tres veces dentro de ellas, sin retirar su colgajo para darse una tregua. Soy un semental, dec√≠a, y sus amigos se re√≠an. A su turno, Canterano era el √ļnico de los genios que amaba a su novia y le era fiel, el √ļnico que, para preservar su salud atl√©tica y su buen semblante, no se entregaba a grandes borracheras ni cultivaba amistad con hetairas veteranas. Era un gran tipo, siempre dispuesto a jugar un partido de f√ļtbol, y los genios lo quer√≠an por ser un amigo leal y entra√Īable.

Eran siete los genios de ¬ęLa Prensa¬Ľ, y Jimmy Barclays pas√≥ a ser el octavo y √ļltimo genio, y el menos genio de todos.

Entretanto, el peri√≥dico se hund√≠a en una crisis profunda : bajaban las ventas, se retiraban los anunciantes, no se pod√≠a despedir a los empleados innecesarios que hab√≠an sido contratados en tiempos de la dictadura militar porque gozaban de ‚Äúestabilidad laboral‚ÄĚ, las deudas crec√≠an y el futuro se tornaba sombr√≠o. Al mismo tiempo que el director Salcedo y sus flam√≠geros editorialistas Garz√≥n y Espada pontificaban contra las empresas p√ļblicas y el Estado elefanti√°sico, contra los dispendios y los subsidios, contra los desequilibrios fiscales y el endeudamiento, el peri√≥dico parec√≠a una empresa p√ļblica agobiada por la planilla desmesurada, desbordada de costos excesivos que superaban los menguantes ingresos y condenada a perder dinero a√Īo tras a√Īo. Es decir que el director y sus editorialistas m√°s preclaros eran buenos para defender la teor√≠a del capitalismo liberal, pero no tan buenos para aplicarla en aquel peri√≥dico que languidec√≠a. 

Sin embargo, todos los s√°bados, el jefe de la p√°gina editorial, Jorge Wallace, el hombre m√°s bondadoso del peri√≥dico, convocaba a los genios a una gran cuchipanda, una francachela o sarao que comenzaba a mediod√≠a y terminaba pasada la medianoche. Esas cuchipandas ocurr√≠an en un local grasoso de parrilladas del centro, o en restaurantes de excelencia, y no las pagaban Wallace ni sus genios, pues se cargaban a la cuenta del peri√≥dico, que las pagaba con anuncios publicitarios. Regadas de los mejores licores, salpicadas de tanta comida como para alimentar a un regimiento fam√©lico, las cuchipandas de los s√°bados, presididas por Jorge Wallace, que cre√≠a en Dios y no lo ocultaba, y parec√≠a m√°s buena gente que el propio Dios, eran concili√°bulos o aquelarres liberales en los que Federico Salcedo recitaba poes√≠a desgarrada antes de irse a vomitar al ba√Īo; Gambini tocaba la guitarra y cantaba canciones de Lennon; Garz√≥n y Espada se dec√≠an insidias e invectivas sin siquiera mirarse; Alfonso citaba de memoria editoriales de The Economist o del Wall Street Journal; Chiriboga pasaba el dato de los caballos que ganar√≠an al d√≠a siguiente; y Canterano mostraba fotos de las fiestas m√°s recientes, de las mujeres m√°s lindas por las que salivaba, aunque era fiel a su novia, siempre fiel a ella. Jimmy Barclays, el menos genio de todos los genios , o el √ļnico que no era genio, escuchaba, prestaba atenci√≥n, asent√≠a, se re√≠a a carcajadas, aprend√≠a de esos j√≥venes que eran sus maestros, sus mentores intelectuales. Al final, unos se iban a un burdel, otros a seguir libando, y Barclays se retiraba a dormir en la casa de sus abuelos.

Un tiempo despu√©s, ¬ęLa Prensa¬Ľ quebr√≥. En apenas cuatro a√Īos, el director y sus genios se comieron y bebieron el peri√≥dico entero en aquellas sabrosas cuchipandas. Al final, los √ļnicos anunciantes eran los restaurantes, los bares, los hoteles y las casas de masajes donde transcurr√≠an las cuchipandas o donde mor√≠an aquellas bacanales. Una vez que el diario desapareci√≥ de circulaci√≥n, los genios dejaron de parecer tan genios, pues hab√≠an hundido aquel peri√≥dico legendario. Federico Salcedo y Mario Gambini pasaron a trabajar en el diario de la competencia; Enrique Garz√≥n se convirti√≥ en un abogado poderoso; Carlos Espada se volvi√≥ esp√≠a de los americanos; Iv√°n Alfonso descoll√≥ como profesor universitario; Freddy Chiriboga prosper√≥ como consultor pol√≠tico y asesor en la sombra de presidentes; y Pablo Canterano mont√≥ una empresa de consultor√≠a empresarial y se hizo rico. Todos siguieron siendo grandes amigos, menos Garz√≥n y Espada, que segu√≠an sin hablarse y ya nadie recordaba por qu√© no se hablaban.

Curiosamente, Jimmy Barclays malgast√≥ su presunta genialidad haci√©ndose famoso o famosillo como periodista de televisi√≥n y escritor de novelas . Puede que Barclays sea ahora mismo el m√°s rico de todos los genios. A veces sue√Īa con comprar el logotipo de ‚ÄúLa Prensa‚ÄĚ y relanzar el peri√≥dico. Pero luego se dice a s√≠ mismo: me temo que estamos tan locos que volver√≠amos a quebrarlo.